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La Educación Creadora toma vida de la mano de su creador, Arno Stern (“Le Closlieu”) hace más de 60 años.

En la Educación Creadora se entiende el “Juego” como “la manifestación de la acción de un ser humano desde sus propias necesidades. La visión es que un ser humano es completo y no se “mejora” desde fuera. Existen condiciones acordes su naturaleza que le permiten el despliegue de todo lo que es.

Cualquier persona al nacer viene dotada de capacidades por desplegar, partiendo de los instintos más básicos, para relacionarse con el mundo que le rodea. Esta relación basada en la apertura y la curiosidad se va ampliando y haciendo más compleja con el paso del tiempo.

Si existen unas condiciones de libertad para el aprendizaje, donde éste se guíe por necesidades e intereses propios, nunca se dará de forma lineal sino que se organizará en una estructura arbórea, donde unos intereses se conectan con otros en una “deriva personal”, sin un orden lógico externo quizás, pero con un profundo orden interno.

Los niños configuran su entorno y se configuran a sí mismos constantemente, siempre que tengan condiciones adecuadas para ello. Es ahí donde todo lo que les interesa lo incorporan como parte del juego haciendo todo tipo de conquistas motrices, cognitivas y emocionales. Este juego evoluciona a lo largo de los años y no termina con la infancia sino que tiene unas características diferentes. Cada contexto y cada momento de vida requiere una reflexión y un diseño de los espacios y de la asistencia necesaria.

En su creación, Arno Stern logra un inusual equilibrio entre lo colectivo y lo personal. El paso de un espacio a otro es inmediato y permanente, y hace factible vivir equilibradamente la propia libertad entre la libertad de los demás.

Las personas de diferentes edades que se reúnen para trabajar conforman un grupo heterogéneo. En un grupo de estas características lo que se pone de relieve es la diversidad y la diferencia. Cada persona siente la posibilidad de ser uno mismo sin compararse con nadie, pudiendo desarrollar todo lo que tiene de original y personal.

El trabajo se desarrolla al margen del juicio. Cuando lo importante no son los resultados, sino el proceso, cuando se eliminan los conceptos bien y mal, se pierde el miedo a improvisar y jugar. Los límites se rompen y se evoluciona mucho más de lo que imaginamos ser capaces.

El papel que desempeña el “educador” es un papel de asistencia: crea las condiciones adecuadas en las que cada persona puede dirigir y ser artífice de sus procesos, atiende a demandas concretas, sin adelantarse a las necesidades de cada uno, posibilitando así la investigación y el descubrimiento.